Doris González: “Sin la movilización, en algunos casos marcada por la radicalización, no sería posible desbordar los límites de la política de vivienda”

En noviembre pasado 424 familias, en su mayoría con historias de vida ligadas a la población Los Nogales, llegaron al Barrio Maestranza, en el corazón de Estación Central, y abrieron la puerta de su primera casa propia. Pocos momentos se comparan con ese. Conseguir una casa es siempre el resultado de un enorme ejercicio de disciplina familiar. Se requieren años de esfuerzo, a veces son necesarias generaciones; y también mucha suerte. Pero para los vecinos de Maestranza, requirió aún más: el Barrio Maestranza es, en muchos aspectos, colectivo. No se trata de 424 departamentos sino de una comunidad con 424 familias. Planificar y construir eso implicó aprender a dialogar, buscar acuerdos, confiar los unos en los otros y en sus dirigentes. Solo así pudieron hacer frente a un desafío que enfrentan sobre todos los sectores populares: la desconfianza de las autoridades y empresas.

La trabajadora social Doris González Lemunao, actual candidata constituyente por el Distrito 8, lideró el proyecto de Maestranza. En esta entrevista relata el constante desdén que debieron enfrentar en el proceso de construir este barrio, tanto de parte de gerentes como de funcionarios públicos.  González es vocera del Movimiento de Pobladores Ukamau, que fue el que sacó adelante este proyecto. Ukamau es una palabra aymara que significa “así somos”, pero dicho en tono de afirmación: “así somos, te guste o no te guste”. Con esa actitud los vecinos de Maestranza respondieron al desdén.

Ukamau nació en 1987 en la población Santiago, de Estación Central, como un centro cultural antidictadura. En los 90 se amplió a otras acciones: organizaron un preuniversitario y editaron un periódico, El Quinto, que incluso se distribuyó en Mendoza. “En los 2000 comenzamos a trabajar los temas de vivienda y ciudad y el 2010 nació este brazo que es el Movimiento de Pobladores Ukamau”, explica González.

Como muchos de los que habitan hoy en Maestranza, ella es descendiente de una de las familias que fundaron la población Los Nogales, en 1947. Durante 10 años esas familias estuvieron ahorrando, planificando, organizándose, negociando y soñando con este proyecto. Cada una tuvo que reunir 30 UF y el Estado les aportó 800 UF a cada una.  El resultado es notable en varios aspectos. Consiguieron que lo diseñara Fernando Castillo Velasco quién participó a través de sus hijos y de un alumno que hacía la tesis con él; los departamentos tienen 62 metros cuadrados (siete más que el estándar de las viviendas sociales); y las familias se pusieron de acuerdo para tener espacios comunes amplios, lo que implicó hacer un poco más estrecho el espacio privado.

González tenía derecho a uno de esos departamentos. “Pero como terminé mis estudios universitarios, no tengo hijo y tenía otras opciones, quise dejar mi cupo a una familia que tuviera más urgencias”.

El proyecto comenzó a materializarse cuando los dirigentes de Ukamau se enteraron de que la Empresa de Ferrocarriles (EFE) estaba vendiendo la antigua Maestranza San Eugenio, un paño de poco más de 10 hectáreas, a pasos del metro. Era un lugar ideal para las familias que representaban. Enviaron una carta a la empresa haciéndose pasar por una inmobiliaria. EFE les respondió inmediatamente que el terreno estaba en venta y que podían ayudar para que la municipalidad cambiara el uso del suelo.

-Entonces mandamos una segunda carta, esta vez presentándonos como lo que somos, un movimiento de pobladores. La respuesta fue rotundamente distinta. Nos dijeron que no querían vender. Se cerraron de inmediato a cualquier conversación -recuerda la dirigenta.

Doris González cree que en ese cambio pudo haber influido el prejuicio, pero también un tema económico. Si el terreno se usaba para viviendas sociales “no se les iba a pagar lo que ellos pensaban que valía”.

¿Qué hicieron entonces?

-Frente a dos respuestas tan distintas, decidimos tomarnos la Estación Central. Llegamos con niños y lienzos que decían “Maestranza para los pobladores”. A los veinte minutos nos llamaron desde la gerencia de ferrocarriles para tener una reunión y negociar el terreno. Esa toma fue un hito clave.

¿Cree que no los habrían contactado sin la toma?

-No. Lamentablemente la movilización ha sido la única herramienta para que las organizaciones de pobladores, particularmente las que luchan por la vivienda, sean escuchadas. Nuestra idea se habría quedado en el aire sino hacíamos que la autoridad de la vivienda y la ciudadanía se preguntara por qué esta gente está protestando. La movilización implica irrumpir en algunos espacios públicos, algunas avenidas, instituciones, edificios, para visibilizar los problemas que se han mantenido bajo la alfombra. Sin la movilización, incluso sin la movilización que en algunos casos es más radicalizada, no es posible desbordar los límites de la política de vivienda, que ha construido unidades habitacionales sin servicios, sin equipamiento, incluso sin posibilidades de desarrollo.

¿Cuál fue la actitud de la gerencia de EFE cuando comenzaron las reuniones?

– La verdad es que siempre nos miraron desde la altura, desde el desdén. Nos trataban como ignorantes, cuestionando constantemente lo que queríamos y lo que sabíamos, pese a que nuestra organización rescata el conocimiento que hay en los territorios, que es muy importante para construir y habitar. Son las trabajadoras y trabajadores los que han levantado todo en el país, con el acompañamiento de quienes tuvieron acceso a la academia. Recuerdo que un gerente inmobiliario con el que tuvimos que negociar, cuestionaba por qué queríamos viviendas de tal o cual calidad y decía que debíamos conformarnos con lo que el Estado nos regalaba. ¡Pero no era un regalo! El Estado somos todos y el aporte que hace lo damos todos, con los impuestos del trabajo que pagamos las mayorías.

Cuenta la dirigente social que en las primeras reuniones “les parecía maravilloso que el autor de los planos fuera don Fernando Castillo, porque había sido profesor de muchos de ellos y lo admiraban. Pero cuestionaban que el proyecto tuviera estacionamientos. ‘¿Para qué quieren eso si son viviendas sociales?’, nos decía. Ahí uno se da cuenta de lo alejadas que están estas personas que ocupan puestos de gerencias, de la realidad y del contexto en el que vive la mayoría de las personas. Y eso no sólo ocurre en la empresa privada; también en el Estado hay una ignorancia profunda de cómo se vive hoy en las poblaciones y barrios; se quedaron con la caricatura de los años 40 o 50 y piensan que todavía andamos a pata pelada. Costó bastante dialogar con ellos por este tipo de prejuicios.

¿Qué recuerdas del trato de los funcionarios públicos?

-Hubo situaciones bien dolorosas en su momento. Soy trabajadora social de profesión y me tocaba oír como nos cuestionaban colegas que trababan para el estado: que por qué queríamos pasillos tan amplios para el barrio, que eso no lo íbamos a cuidar, que se iban a violar a las mujeres y se iba a ocupar para el narcotráfico. También decían que no íbamos a pagar las cuentas de agua y luz. Cuestiones como esas reflejan una ignorancia tremenda sobre los sectores populares y hace que el diálogo sea menos eficiente. Y son formas de tratar a las personas que no usan cuando una constructora llega a sentarse con ellos.

¿Alguien se disculpó al finalizar el proceso?

-La mayoría.  Y todos decían “qué bonito es esto, ojalá nos hubiera costado menos entenderlo…” Aunque con el actual ministro de la Vivienda (Felipe Ward) solo vimos la parte final de este proyecto, él estaba sorprendido del resultado. También el alcalde de la comuna, el ahora ministro (Rodrigo) Delgado y la gente del Serviu.

VIVIENDA DIGNA

González menciona varias veces la palabra “dignidad” en esta entrevista. Se trata de una palabra clave para entender el 18/O. Se usó para rebautizar la Plaza Baquedano, epicentro del estallido, y para subrayar una de las condiciones que podrían finalizar la protesta: “hasta que la dignidad se haga costumbre”.

Fueron los movimientos de pobladores organizados en torno al problema de la vivienda los que llevaron el concepto de dignidad a la revuelta de octubre.  El sociólogo Nicolás Angelcos, en una columna publicada en CIPER, rastreó esa palabra el discurso político de los pobres urbanos y mostró como se transformó en una bandera para los que se organizaban por una vivienda. Muchas investigaciones actuales (ver por ejemplo el trabajo de Juan Pablo Rodríguez  o de Victoria López Quinteros) coinciden en que el reclamo por acceder a una vivienda y una ciudad dignas empezó a emerger en los 90, como resultado de políticas habitacionales que para atacar los déficits construyeron viviendas de mala calidad en barrios aislados, lo que trajo problemas como como la segregación, la fragmentación, la inseguridad y el hacinamiento. El movimiento Ukamau es heredero de ese reclamo.

¿Qué entiende usted por “vivienda digna”?

-La vivienda, por una parte, es la materialidad, es el espacio íntimo de resguardo de la familia. Pero tiene que ver también con el proceso de concebir el espacio, que se vive previo al habitar; y también se vincula su ubicación y con que tenga las condiciones para que las personas puedan desarrollarse humanamente, puedan tener oportunidades. Por supuesto, tiene que estar en un lugar hermoso. Una vivienda digna es un lugar donde a uno le gusta venir, no uno que se termine convirtiendo en una carga más para la familia.

-Hay una particularidad en el diseño de este conjunto: entiendo que renunciaron a que cada uno tuviera pequeñas terrazas individuales a cambio de tener pasillos colectivos más amplios.  ¿Por qué era importante ese espacio comunitario?

-Tiene que ver con que concebimos esta lucha no solo como algo individual: no se trataba de conseguir mi casa y que un espacio para mí y mi familia y el resto no importa. Siempre lo miramos desde una perspectiva colectiva. Hay pasarelas aéreas que conectan un edificio con el otro y que permiten que la relación entre los vecinos no solo sea vertical, que es lo normal en las viviendas sociales, sino también horizontal. Acá podemos dialogar y percibir la comunidad de una manera distinta. Y eso también es parte de lo que entendemos por una vivienda digna: es democratizar la ciudad y los espacios. Creo que lo que hicimos aquí fue una respuesta, en pequeña escala, a la demanda actual por participación. Nos gustaría mucho que se masificara el ejercicio que hicimos, que otras comunidades se atrevan. Por supuesto que esto no es llegar y copiar porque hay que tomar en cuenta las características, la identidad de cada comunidad. Pero creo que existe mucha capacidad para poder hacer proyectos participativos como este y que sirvan para los procesos de transformación que está viviendo nuestro país.

¿Cómo lograron para que 400 familias llegaran a un acuerdo sobre el diseño y los espacios?

-Uf, fue difícil. Tuvimos que luchar contra muchas cosas que se han instalado en nuestro país: la apatía, la desconfianza hacia las instituciones e incluso hacia las mismas organizaciones que están en cuestionamiento constante. Las personas se preguntan “por qué tengo que participar” y piensan “ya me van a cagar” o “esto no va a conducir a nada”. Son las reflexiones automáticas y obvias cuando uno plantea hacer algo distinto. Aquí decidimos no quedarnos sólo con lo que nos decían que podíamos hacer. Pero eso fue un proceso largo que implicó pensar en conjunto, aprender a dialogar, lo que no es fácil. En una asamblea de más de 100 personas levantar la mano y atreverse a opinar también fue un proceso, un aprendizaje; y también entender que mi opinión vale, que va a ser tomada en cuenta, que soy importante para este proceso colectivo. Esta forma de dialogar se fue llevando a cabo en las asambleas que a lo largo de varios años. El puro proceso de elaboración del proyecto técnico con los profesionales duró más de tres años de diálogo con las asambleas. Fue mucho trabajo de hormiga, de tomarse el tiempo para escuchar a la gente para escucharnos a nosotros y aprender que no todos tenemos las mismas opiniones y que desde esa diversidad y desde esas opiniones somos capaces de ponernos de acuerdo en un fin común, ponernos de acuerdo por el bien común y decir “somos una comunidad y queremos aportar al desarrollo de la ciudad”.

¿Crees que la participación puede ayudar a combatir la desigualdad?

-Creo que involucrar a la gente, hacerla partícipe de las decisiones, es uno de los ejes fundamentales para pensar la sociedad de una manera distinta. Cuando participamos nos hacemos cargo no sólo de las demandas que tenemos y de nuestros derechos, sino también de los deberes. Y eso nos hace pensar que no somos solo individuos sino que somos una sociedad y que esta puede transformar y cambiar las cosas. Podemos cambiar las relaciones al interior de las comunidades y ciudades, de los trabajos e instituciones. Cuando nos comencemos a mirar como iguales, con nuestras diferencias, pero como iguales, sin duda vamos a construir una mejor sociedad, una sociedad con mayor confianza, y con mayor capacidad de decirnos las cosas y actuar para transformar.

PARTICIPACIÓN CIUDADANA

-Hoy la población no cree ni confía en nadie como han registrado ya varias encuestas. Creer en un proceso participativo es complejo si se tiene la sospecha de que la opinión de uno no va a ser tomada en cuenta o si lo que se acuerde participativamente, finalmente no se cumple. ¿Cómo se puede incentivar la participación?

-Primero hay que recobrar la confianza y para ello las instituciones tienen que hacer gestos importantes. La participación ciudadana ha sido una idea bien manoseada en los últimos gobiernos, pero lo que en realidad hacen es sólo la bajada de información. Porque cuando se les consulta a las comunidades qué piensan o quieren hacer, ya está todo cortado. Le preguntan a la gente para tener el check list de la asistencia y listo. Hay que abrir espacios reales de participación y escuchar a la gente y de alguna manera hay que hacer que esos procesos de participación sean vinculantes al momento de tomar decisiones, ya sea en los municipios, gobiernos regionales, gobierno central. De esa manera las personas van a querer seguir participando; no van a ir por el coffee break o el cóctel sino porque les interesa. Cuando me toman y cuenta y siento que sí fui parte de ello, quiero saber más, quiero informarme más, hacer el seguimiento. Creo que hay muchas ganas de hacer eso en Chile. El proceso de los cabildos autoconvocados, que se juntaban en las plazas antes de la pandemia, refleja un poco esas ganas.

-Las primarias del 29 de noviembre pueden ser un buen ejemplo de una participación a medias. Los partidos le pidieron a la gente que decidiera sólo en comunas puntuales donde ellos no lograron acuerdos.

– Las primarias eran de los partidos, instituciones que están súper cuestionadas, y con justa razón. No hubo una intención de que participara más gente, diría que en algunos casos fue un plebiscito por cumplir. Falta hacer mucho en este campo porque si queremos cambiar la constitución, tenemos que hacernos cargo de participar más en procesos electorales que van a tener que ver con cómo se vive o las decisiones fundamentales de Chile de ahora en adelante.

¿En qué otras áreas es fundamental la participación?

-Todas las instituciones del Estado deberían abrirse a la participación. Hoy muchos proyectos que nace de la ciudadanía no se pueden llevar adelante. Como Ukamau levantamos una propuesta para crear una empresa nacional de construcción. Tenemos elaborado un proyecto de ley, pero no podemos presentarlo porque solo el presidente tiene la posibilidad de hacerlo. Creo que en la Constituyente una de las discusiones debiera abordar cómo desde la ciudadanía se pueden elaborar proyectos y propuestas, para hacer un Chile de participación.

-Hubo muchas trabas para los independientes interesados en ser candidatos. ¿Te parece que realmente el mundo político quiere hacer participar a la gente?

-Lamentablemente la elite política ha demostrado poca voluntad de transformar este país, de abrir la discusión y no seguir cerrándola entre cuatro paredes, como el acuerdo firmado a fines del 2019. Allí fueron los partidos políticos los que terminaron definiendo cuestiones importantes como un acuerdo de paz cuando el presidente nos estaba declarando la guerra. A los dirigentes sociales se les estaba criminalizando y en algunos casos, persiguiendo. Yo fui víctima de persecución al igual que otros dirigentes. Fue importante la posibilidad del plebiscito pero, en definitiva, fue un acuerdo que pactaron partidos que aún no son capaces de abrirse en pleno a la discusión y participación de los independientes. Ahora, respecto de los independientes, también hay que tener cuidado porque que hay mucho engaño. Algunos no son independientes o renunciaron hace poquito a sus partidos y han sido parte de un modelo de precarización en nuestro país. Ahí también hay que profundizar en la discusión. Esto de los independientes la verdad no lo compro mucho, porque todos estamos mirando desde algún lugar a la sociedad y opinando desde algún lugar. Quizás la pregunta que habría que hacer es dónde estabas tú cuando Chile comenzó a cambiar, dónde o con quién estabas. En eso de los independientes hay que hilar más fino.

-Tú vas de candidata por el Frente Amplio, que tampoco ha logrado apoyo en los sectores más populares. ¿Por qué les ha costado tanto?

-Es cierto que en los distritos de las capas medias el Frente Amplio tiene mayor presencia. En los sectores populares ha sido bien difícil por la desafección que produce el discurso que los partidos políticos son todos corruptos, que nada sirve, que con los partidos nada va a cambiar. Eso produce desazón y desconfianza de la gente. Los sectores populares, que son los más desafectados de la política y los más desconfiados, con justa razón además, somos lo que no hemos logrado sentirnos representados por un proyecto político que encarne nuestras necesidades. Hay un tema pendiente. Porque incluso nosotros los de Ukamau, que somos una organización que está enraizada en poblaciones y barrios populares, en varios sentidos hemos sido incómodos para algunos partidos del Frente Amplio, por nuestras formas, por el tipo de construcción. No venimos de la política estudiantil universitaria, entonces eso también produce algunos roces al interior del FA, sobre todo con algunos partidos. Es complejo. La política tiene esas complejidades.