No piensen en un elefante ario

Por Juan Pablo Sanhueza. 

A pocos días de vivir otro proceso electoral, Chile se vuelve a jugar el futuro en un partido decisivo que podría profundizar el momento de impugnación y transformación profunda que se inició el 18 de octubre de 2019, o podría agudizar la reacción conservadora y violenta a las voluntades de cambio que se han manifestado en las urnas y las calles.

Estas elecciones (y las recientes) no sólo se han jugado en el plano de decisiones racionales en torno a la necesidad de avanzar hacia un país más justo y con menos abusos, sino que, sobre todo, se han dado en el escenario discursivo, en los relatos de lo común, en la disputa del sentido de las palabras, los significantes y sus significados.

Al respecto, hay una tendencia creciente del mundo democrático y progresista en el sentido de querer obviar al adversario (o enemigo dirán otros) que tenemos al frente. Hasta ahora, rasgar vestiduras porque hay un candidato que es abiertamente anti-derechos y un melancólico de los años más oscuros de nuestra historia reciente, no ha frenado ni hecho retroceder un centímetro sus posiciones, todo lo contrario. En este caso, negar es, precisamente, evocar lo negado. Y por mucho que nos escandalice que haya alguien dispuesto a plantear las violaciones de los derechos humanos como una política pública, necesitamos hacernos cargo y replantearnos la disputa del sentido común antes que apelar a una moralidad democrática que poco y nada permea en las mayorías del país.

La casta política lleva mucho tiempo empleando la estrategia de repetir incesantemente frases que evocan sus marcos y definen los asuntos a su manera. Estas repeticiones pretenden convertir su lenguaje en algo normal, en lenguaje y marcos del día a día, en formas habituales de pensar en estos temas. Así, no era de extrañarse que ante la revuelta de octubre -o su antesala- el desfile de la casta por los medios de comunicación tradicionales respondiera, no a querer entender el acontecimiento que ocurría, sino a capturar dentro de sus categorías preestablecidas el relato legítimo de la realidad. Desde el “cabros esto no prendió” del ex DC Clemente Pérez y el “soy partidario de reprimir con energía” del Senador PS José Miguel Insulza refiriéndose a las y los estudiantes que saltaron los torniquetes del metro, hasta el “estamos en guerra” del presidente Piñera y “la invasión alienígena” de la primera dama, Cecilia Morel, respecto a las masivas protestas que ocurrieron en octubre de 2019. Todas expresiones claras de una repetición legitimadora del marco lingüístico del modelo, a la vez que tiene como denominador común la incapacidad de pensar los fenómenos sociales fuera de lo establecido.  

Entonces, puede ser que incluso, José Kast no pase a segunda vuelta o el Partido Republicano no logre una votación parlamentaria relevante, pero es indudable que desde la trinchera que han decidido cavar, son quienes condicionan el debate de las derechas y a ratos el debate nacional. Con noticias falsas, un programa de neoliberalismo violento, inquisición penal y reducción considerable de garantías fundamentales determina el qué se discute y el cómo definimos el ser y pertenecer a una unidad nacional que hace sentido a todos: la chilenidad. Y lo hace desde ese marco de definiciones y horizontes establecido que no requiere mayor abundamiento para hacerse entender y, eventualmente, volverse deseable.

En ningún caso creo que aquí se trate de validar o no la tribuna que tiene este tipo de relatos y posiciones políticas, ese es otro debate y acá prefiero partir de la incómoda realidad: tienen tribuna, y mucha. De hecho, una cuota importante de responsabilidad en la legitimación del elefante ario en la escena nacional la tienen los medios de comunicación que sobre representan sectores minoritarios de la sociedad en paneles de opinión, encuestas de cuestionable metodología y eficacia (como es el caso de CADEM) y, sobre todo, con una pretendida neutralidad que finalmente termina siendo cómplice de discursos negacionistas, de odio y de noticias falsas que no son debidamente interpeladas. 

Como sostuve anteriormente, no creo que la negación sea el camino (condenando y denunciando no vamos a establecer límites políticos al discurso violento, anti-derechos y de odio que existe y convoca, nos guste o no), es más, cada vez que decimos “no piensen en el elefante ario que está en medio de la sala” sólo invitamos de manera muy contraproducente a pensar más en él. ¿Qué hacer entonces? Por una parte, hoy como pocas veces en nuestra historia, tenemos la posibilidad de cambiarlo todo y disputarlo todo en mejores condiciones que en los últimos 30 años.

Es importante poner en relevancia el proyecto diverso, de derechos sociales, de justicia social, soberanía política, democracia radical y esperanza que hoy se construye desde distintos frentes, como Apruebo Dignidad, la mayoría de las y los Constituyentes, las organizaciones de barrio y movimientos por diversas demandas que se expresaron desde el 18-O en las calles y hogares de nuestro país; pero no se agota ahí la tarea. Aun sabiendo que al otro lado de la vereda tenemos un proyecto homogéneo, excluyente, de odio, anti-pueblo y de un neoliberalismo violento, que racionalmente es nocivo para las mayorías de Chile, la disputa debemos también darla en otro campo: el de las emociones. Es decir, al populismo de derecha no vamos a ganarle con un discurso cartesiano y liberal. Para confrontar programas está perfecto, pero para movilizar emociones es inocuo.

Esa disputa emocional tiene expresiones concretas en nuestro lenguaje, ¿En qué momento les dejamos apropiarse de los significantes “patria”, “libertad”, “la chilenidad”, “nación”?

Esto no siempre fue así (el relato de mayorías de la Unidad Popular se sostenía en gran parte por estos significantes) y si queremos hablarle a todo un país y no a la minoría convencida, es de toda lógica entrar a jugar ese partido.

A ellos, para construir Chile les sobra la mitad del país real: las feministas no son buenas chilenas, los estudiantes movilizados no son buenos chilenos, quienes quieren más derechos y menos privilegios no son buenos chilenos. La patria no es un conjunto de símbolos militares, es una construcción colectiva que nos pertenece a todos, la libertad no es la posibilidad de auto explotarnos para rendir en un sistema que ve cifras y no personas, sino la posibilidad de que colectivamente escribamos nuestro futuro con independencia económica y soberanía política.

Las urnas ya dijeron hace un año que quienes queremos a Chile, quienes amamos esta tierra, somos el 80% y quienes hipotecan lo común y nuestro futuro son sólo un 20%. Hay una mayoría nacional y popular que es progresista, que quiere transformaciones, que no quiere retroceder en derechos, que quiere igualdad de oportunidades y condiciones. Desde ahí podemos comenzar a construir este nuevo Chile diverso, con protagonismo ciudadano y un republicanismo popular.