Los perros de la calle, las izquierdas y el enemigo interno

Por Karina Oliva. 

El fin de semana volví a ver la ópera prima de Quentín Tarantino Los Perros de la Calle, película que encarna la idea del enemigo interno como eje de tensión entre los protagonistas tras enfrentar un episodio desorientador o fuera de lo planeado, generando nuevos escenarios erráticos y desafortunados que termina con algunos personajes capturados, presos por los adversarios o lisa y llanamente muertos. Debo reconocer que mientras veía la película, a mi mente venían las bizantinas discusiones en redes sociales y en la prensa de los distintos sectores de las izquierdas durante los últimos meses (incluso de los últimos años), que priorizan la disputa política del enemigo interno en clave antagónica, antes que del adversario político en clave agonista o, valga la redundancia, adversarial.

Es posible afirmar que tras el 18 de octubre y el comienzo de la discusión de una nueva Constitución el país vive un periodo ambivalente entre un proceso destituyente y otro constituyente. En ese proceso, los sectores políticos (izquierdas incluidas) no han tenido las respuestas políticas necesarias para enfrentar el periodo y generar certezas para un rumbo de proyecto país.

Me refiero a las escasas respuestas frente a las demandas de cambio al sistema político, donde el protagonismo ciudadano es un elemento insoslayable para el nuevo ciclo. No obstante, se ha iniciado un proceso de transformación con acento en distintas identidades atravesadas en su mayoría por claras dicotomías: lo nuevo versus lo viejo, militantes versus independientes, los de arriba versus los de abajo. Pero esta diferenciación de identidades -sobre todo, dentro de las izquierdas- en vez de situarse desde un plano político-ideológico, lo hace desde categorías morales (tales como la lealtad versus la traición), recurriendo al abuso de un “izquierdómetro” para medir a quienes buscan articularse en el ciclo político al que nos adentramos.

De allí la pregunta: ¿Cuánto se ha alimentado la disputa contra un “enemigo interno” por sobre la disputa de un proyecto de país transformador que construya la correlación de fuerzas necesaria para la democratización política, social y económica que necesita Chile? La respuesta nos vuelve a la película de Tarantino: tenemos un adversario en común, pero toman tanta relevancia las diferencias y desconfianzas internas del sector que podemos terminar siendo nuestros propios verdugos.
 

Desde las elecciones de mayo (municipales, gores y constituyentes) que significaron una contundente derrota a la derecha, las izquierdas no han logrado mostrarse como un sector aglutinador de un proyecto país. Es más, no queda claro si las elecciones de mayo significaron un triunfo de las izquierdas o en realidad de lo nuevo sobre lo viejo: entre las elecciones municipales y constituyentes, las primarias de Apruebo Dignidad, la próxima consulta de Unidad Constituyente y la indefinición de una candidatura presidencial de la Lista del Pueblo, el sector ha circulado por una espiral de exclusiones, con baja capacidad de conducción de espacios políticos y comunicacionales.

Sin embargo, hay quienes han querido transferir la votación “contra el establishment” como exclusivamente una votación de izquierdas, o bien, han querido atribuirse de modo arbitrario la representación del pueblo, en circunstancias que la noción de pueblo es algo profundamente diverso y heterogéneo. Por lo tanto, querer homogeneizarlo revela el sentido más reduccionista del proceso que vive el país y de todas las realidades existentes del mismo pueblo.

Sin lugar a dudas, los resultados de las primarias de Apruebo Dignidad son alentadores, pero aún así son incapaces de determinar los resultados de noviembre. Más bien son un antecedente que sólo será favorable en la medida en que nos sirvan para construir las correlaciones de fuerza necesarias para ganar. Pero lo que no podemos volver a repetir de aquí a noviembre es la escena de “perros de la calle” donde los incumbentes -aliados- se terminan apuntando entre sí por el temor a la supuesta traición interna, lo que en nuestro caso nos pavimentaría el camino a la derrota electoral.

La tesis política que nos debe orientar de aquí en adelante es la de una democracia entendida como sistema de derechos, donde reconstruyamos nuestros significantes culturales, económicos y políticos basados en la redistribución, y donde la política de los privilegios sea sólo un mal recuerdo. Es más virtuoso y convocante proponer una alternativa que supere el ciclo de la transición en vez de sugerir un recambio de élites, pero sobre todo, debemos abandonar la idea del avance político basado en el enemigo interno, dejando la cancha abierta a una derecha que sólo defiende los privilegios del 1%.