La república, ¿de ellos o de todos?

Por Juan Pablo Sanhueza. 

Hace unos días la Convención Constitucional determinó que, para efectos del reglamento del órgano constituyente la soberanía reside en “los pueblos de Chile” en reemplazo de la redacción de base que sugería el término “República de Chile” como sostén de la misma convención. Al respecto, cabe aclarar que en esta discusión no ha estado en cuestión el carácter republicano de nuestro país, en cuanto se concibe la república en contraposición a la monarquía, como han querido instalar en el debate público los constituyentes que representan al 20% del “Rechazo” y sus medios de comunicación asociados. Pero tampoco es una situación que debemos pasar por alto, como algo meramente gramatical, dada la importancia que reviste el término república, por una parte, y lo grave que sea excluyente cuando hablamos de los pueblos de Chile, por otra.

En términos generales, diríamos que la república tal y como la entendemos en la actualidad ha sido una construcción elitista, desde arriba, por unos pocos, cargada de simbolismos castrenses y odas a edificios (no a instituciones). Y, en momentos constituyentes, donde también destituimos lo que nos agrieta como país para instituir nuevos sentidos comunes, una de las tareas es construir una república donde nadie quede afuera y el sentido de pertenencia nos remita a un imaginario democrático y no a la imposición de imágenes autoritarias y pasajes oscuros de nuestra historia.

Basta revisar la prensa hegemónica de cualquier año para constatar que el imaginario republicano ha sido casi un fetiche de los grupos dominantes para legitimar una estructura que se sostiene sobre relaciones de poder donde ellos hacen y deshacen en nombre de la república sin miramientos a otros intereses que los de sus familias y afines. No debiese sorprendernos, entonces, que los pueblos de Chile y sus distintas expresiones estén ausentes o explícitamente excluidos de la significación republicana chilena.

Dicha exclusión no es inocente, sino que responde a una resistencia de la élite criolla a incorporar relatos diversos de lo común, donde ellos ostentan un derecho de propiedad sobre nuestro pasado, presente y futuro. Recordemos la obra de Alberto Edwards, La fronda aristocrática en Chile, que en uno de sus pasajes relata cómo entre gallos y medianoche dos destacados miembros de la aristocracia chilena decidían el futuro del país y atentaban contra la democracia como si se tratara de cualquier acuerdo entre amigos: “¿No le parece que ha llegado el momento de poner término a este juego?”, le dijo Agustín Edwards; “Así lo creo”, repuso Matte. Esos dos hombres se estrecharon afectuosamente la mano y, cuando amaneció el siguiente día, Balmaceda ya no era dueño del Congreso. (La fronda aristocrática en Chile, página 178). (Cuento aparte son los apellidos Matte y Edwards, que siguen siendo sinónimo de rupturas democráticas y abuso hasta nuestros días).

De este tipo de decisiones, a espaldas del pueblo, esté llena nuestra historia; no supone que debamos abandonar la batalla por un republicanismo popular o, inclusive, que la lucha por una república construida desde abajo sea enteramente nueva. Tal es el caso del plebeyo Santiago Ramos, “El Quebradino”, quien a mediados de la década de 1840 puso en jaque al pensamiento oficial al proponer que la voz del pueblo se presente por sí misma en la escena republicana y que la democracia no sea un mero ejercicio de ventriloquía. Ramos expresó un ideal republicano que cuestionaba la tradicional exclusión popular y donde la igualdad era pregonada como coincidente con la inclusión en la comunidad de iguales. Sus postulados superaron los límites de la tolerancia de la élite chilena de la época y causaron escándalo en aquellas voces liberales e ilustradas que sólo veían en lo popular un otro al cual domesticar y no una construcción legítima de identidad inclusiva y patriota.

Así, salvo que queramos entregar los conceptos a la estrecha significación de unos pocos, podemos entender la demanda por inclusión como una demanda ampliamente republicana, disputando la república, palabra a palabra, a todos a quienes le niegan a la plebe su lugar en la comunidad de iguales. En tiempos donde el relato elitista dejó de hacer sentido, podemos hacer una teoría de la república desde nuestras prácticas contemporáneas, donde lo marginado y olvidado pasa a ser un actor principal y donde la memoria es un potencial de futuro. Una república que tenga como pilar la igualdad, que en definitiva es la condición para la libertad y que, desde el 18 de octubre de 2019, ha tomado una nueva impronta para imaginar un futuro inclusivo, donde la república no sea sólo la otra vereda de monarquía, sino que sea la gran alameda por donde transiten los pueblos libres del Chile que estamos construyendo.